Es verdad que no era un restaurante de maravilla y sabíamos donde nos metíamos pero verlo con mis propios ojos era un poco desolador. Nos piden la comanda de postres, que iban incluidos en el precio del menú, y cuando me fijo en la cocina el cocinero estaba sacando un tetrabrik de la zona de frescos. Sirve un líquido amarillo sobre una cacuelita de barro y lo cubre con su galleta maría. Yo estaba que me partía de risa. Y al poco llega el postre casero a nuestra mesa con la pizca de canela.
Al menos las natillas las tenían guardadas en la zona de refrigeración. Y en ningún momento dijeron que eran caseras.
Oliverio.
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